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Decisiones 9

Vol. 2, N

o

6, 2017

en que hemos convertido las campañas electorales-?

¿Cuál candidato es más potable para las mujeres o los

hombres, para los jóvenes o los adultos mayores? ¿A quién

prefieren los empresarios y a quién los sindicatos? ¿A quién

los sexualmente diversos y a quién los conservadores

religiosos? ¿O por cuál de los contendores “jamás” votaría

cualquiera de esos sectores?

Se impone la lógica de Bill Clinton en plena campaña

política: “La verdad es que, a menudo, no existen las

respuestas simples para los problemas complicados. Pero

las respuestas simples son las que mueven al electorado”

(Vargas,2012, p.55). Tal afirmación, obliga a insistir en

que, no hay respuesta política más simplona –y falsaria–,

que aquella que pretenda encerrar en un número, todo

lo que piensa la ciudadanía. También es cierto que los

analistas patrios han descuidado –y quizás demasiado– la

desconstrucción de la comunicación política de cada una de

las fuerzas en campaña, y hasta del mismo gobierno como

actor electoral no siempre silencioso ni del todo indirecto.

Ese sustrato político, rico para el análisis, que supone la

comunicación política de los protagonistas electorales, se

soslaya olímpicamente por parte del grueso de críticos

políticos que suelen evitar el debate. No siendo infrecuente

que un televidente o radioescucha –no digo lector porque

esos son de otra “especie” ya casi en extinción–, se

queje constantemente por la aquiescencia general de los

analistas. Esa audiencia suele expresar asombro cuando

dos analistas se traban en un desacuerdo y debaten.

Lo malo no es el debate sino la ausencia de este –según

afirman–. Siendo que, usualmente los estribillos inicien

con un meloso “–concuerdo absolutamente con lo que aquí

se ha dicho” o un “–como dice fulanito” o, simplemente:

“–nada más quisiera agregar a lo dicho por el colega”. Sin

embargo, pasar de esas frases triviales a una discusión

acalorada – y ojalá bien fundada– es infrecuente, aunque

mucho más nutritivo para el público elector.

Ante tanta subjetividad y análisis descomprometido, serviría

atender las siguientes dudas: ¿Será que Costa Rica es un

país demasiado pequeño como para correr el riesgo de herir

susceptibilidades a la hora de practicar ese arte complejo

del análisis político?, ¿Será que algunos analistas

vuelan

con matrícula partidaria tatuada en el corazón o con añejas

espinas encarnadas en el hígado? ¿O simplemente será que

el miedo les gana a algunos sin destrezas para la política

seria y comprometida que supone, indefectiblemente,

asumir una posición y decir oportunamente lo que amerite

ser dicho? ¿Será que todavía queda alguno que considere

el análisis político como una fuente de atención, para

hacer carrera política mediante la generación de alianzas

trabadas en medio de piropos mutuos y genuflexiones

acríticas, propias de la sociedad del aplauso?, ¿Será que en

el análisis político hay tanta deshonestidad?

decidir electoralmente. Siendo que, si por el contrario, esos

analistas de los que se espera profundidad, se autolimitan

facilistamente o con cálculo conveniente, no hay que hacer

mucho esfuerzo para imaginar el grado de superficialidad

e incuria política con que serán conducidas las campañas

políticas, y después subsecuentemente, el Poder público,

dada la falta de contrapeso analítico.

Por lo que cabe preguntarse: ¿Quiénes -sino los analistas

políticos- deberían estar cribando cualquier propuesta

de Reforma Judicial que interesadamente conciban y

promuevan los propios gremios judiciales?, ¿Quiénes

-sino los analistas- deberían escudriñar las razones de

fondo de la postergación de la Reforma Fiscal? ¿Quiénes

-sino los analistas políticos- deberían estar cribando

permanentemente a todo aquel que aspire a un cargo

público, develando su formación, ideología, experiencia

pública y profesional, posiciones publicadas e incluso

rasgos de su personalidad

3

?, ¿Y quiénes -sino los analistas

políticos- para guiar a los periodistas y comunicadores de

oficio hacia la profundización de las noticias que mueven

al gran electorado, propiciando incluso, investigaciones

develadoras ?, ¿Y quién -sino un buen analista- para

disfrutar el fondo de una campaña electoral y darle valor y

responsabilidad al voto?

4

En fin, a estas alturas del proceso y ante un escenario

político tan caldeado y desgastado, los analistas serios

tienen mucho más que hacer que “leer” encuestas. Además,

tampoco se puede pasar por alto la tendencia a invernar

entre encuesta y encuesta, asumida por ciertos agoreros de

la estadística que, no obstante, se colocan el sombrero de

analistas políticos.

Sostengo que a la política se le debe interrogar

complejamente, y, en ese tanto, no cabe oponerle la más

simple respuesta: una encuesta. Así como tampoco, se

trata de cerrar un ojo para dejar de reconocer que dicha

tendencia a la “Encuestitis”, al final de las sumas y las

restas, subyuga un trasfondo un tanto más complejo, que

es a su vez, posiblemente el mayor problema democrático

de nuestro tiempo: la masificación de la política.

Las encuestas simplifican, suponiendo de paso que aclaran

mediante conclusiones planas, o bien mediante respuestas

sumamente sintéticas, las dudas que surgen del gran

público, a saber: ¿Quién va ganando la carrera de caballos

3 Se sugiere analizar el tema de la personalidad; o bien, como se dice

popularmente, radio de onda –sea corta o larga, sin demérito de

evidenciar posibles conflictos de interés –aun los potenciales, debido

al escenario político ante el cual se encuesta el país.

4 La lista en ningún modo aspira siquiera a ser taxativa.